PEQUEÑOS ESBOZOS (X): ¿Mens sana?

    Las mentes inquietas reflexionan profundamente. Sienten profundamente. Sufren profundamente. Comprenden profundamente. Viven profundamente.
      Me pregunto si merece la pena ser un ser pensante, o si por el contrario sería mucho más práctico conducir en velocidad más corta, con un menor desgaste y menos necesidad de concentración. Porque vamos a ver, digo yo, que una termina muchos de sus días tremendamente agotada de observar las figuras de unos y de otros desde todos los prismas posibles. Y me atrevería a afirmar que casi la absoluta totalidad de las cosas, de las acciones que llevamos a cabo los seres humanos, de las personalidades de cada individuo tipo, de las emociones y reacciones, podrían ser entendidas y comprendidas. No digo que justificadas ni positivizadas, sino que podrían ser analizadas en torno a una causa y a una consecuencia. O a varias. Todo ocurre por algo. Y últimamente me digo que también ocurre para algo en concreto. Salvo muy notorias excepciones. La cuestión es que dado que todo es materia pensable y analizable, a poco constante que se sea en su práctica, una llega a hacer fondo y a digerirlo como una norma de conducta y un hábito que se convierte en inherente. Bien. Fantástico. Genial. Hemos subido un escalón en el desarrollo intelectual y, seguramente, en el emocional.  ¿Y qué hacemos con ello ahora? Porque percibir como una va aprendiendo, madurando, creciendo internamente, nutre casi tanto como el propio hecho en sí, pero ¿es realmente rentable? Me atrevería a ponerlo en cuarentena. Con la boca pequeña diría que lo dudo, porque aunque los beneficios individuales y personales de ello quedan patentes, rara vez se obtiene el rendimiento que debería. Para poder sacarle una rentabilidad aceptable al esfuerzo realizado con nuestra mente, para poder ver los frutos que nos ha dado el rompernos la cabeza en un asunto, en entender algo, en buscar pros y contras, porqués y finalidades, para poder coger con las manos el beneficio de todo ello es preciso que la otra parte interiorice y absorba de igual manera. Si no, apañados vamos y es tal como darse con una piedra en medio de la cara. No hay retroalimentación, reciprocidad ni equilibrio mutuo. No hay toma y daca. Unos hablando en Español y otros en Chino. Ni la mímica ayuda en este caso. ¿Resulta útil pues, partirse la mente y quemarla en la hoguera, en los tiempos que corren?, ¿escucha alguien con tanta tozudez emocional y sentimental, con tanto ego y derivados?, ¿entones? A veces me digo que con un poco menos, íbamos bien servidos. Yo al menos no me sentiría tantas veces como predicadora en el desierto, porque juro que escasea lo que yo sé que escasea. Y no me tiréis más de la lengua.







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