YO NO ODIO LA NAVIDAD

    Yo no odio las navidades. No, no las odio. Nunca lo hice. De hecho me encantaban. Realmente me entusiasmaban. Ahora, digamos, que soy más contenida al respecto. Y mucha es la gente a mi alrededor que me dice detestarlas. Están deseando que estas fechas pasen de largo y vuelva la supuesta normalidad. Y me dan mil razones para ello: lo ficticio, el consumismo, la hipocresía de desear el bien solo en estos días,... Pero pocos, muy pocos se atreven a darme la verdadera razón de su malestar. Diría que he podido oírlo tan solo de un par de personas, que en un momento de apertura me confiesan que en Navidad se sienten tristes. Y es que, en efecto, las navidades pueden resultar las fiestas más tristes del año, porque nos recuerdan que hay quienes ya no están. Las ausencias se notan más que nunca, y tendemos a fijarnos más en lo que no tenemos, en lo que antes estaba y ahora ya no, en lo que no logramos y en lo que hemos perdido, más, mucho más, que en lo que tenemos la suerte de tener y disfrutar. Los seres humanos somos así. Estúpidos. Toda vez que hemos conseguido algo, toda vez que nos hemos acostumbrado a ello, dejamos de prestarle la atención y la valoración precisas, y ponemos los ojos en las carencias o supuestas carencias. Y yo me pregunto, ¿de verdad que te crees que ahí, en esa situación, si obtuvieses eso que lamentas, te sentirías pleno y eufórico? No me lo trago. Hoy por hoy, ya no lo harías. Y no lo hago porque esa felicidad o infelicidad está dentro de ti y no fuera. No se encuentra en nadie más y ahora ya no eres el mismo que en el escenario de hace años, por lo que nada ni nadie -salvo clarísimas excepciones-, te hacen el mismo efecto. Cuando el "no" se instala en uno, se pone muy, muy cómodo y no deja que nos relajemos ni nos sintamos a gusto, nos lo pinten como nos lo pinten. 

    Nadie está obligado a sentirse bien en días como estos. Lo creo así y lo respeto. Y pienso además que todo se confabula para empujar a ello, así como que el hecho de no sentirse feliz en Navidad está mal visto. Pero del mismo modo, diré algo: hay que hacer un poder. Y no ahora por ser Navidad, sino siempre. Da lo mismo ahora, que en marzo, que en pleno verano. Hay que hacer un poder siempre que la angustia trate de apoderarse de nosotros. Y ese poder no consiste ni en fingir, ni en ocultar cómo nos sentimos, sino en purgarlo. En asumirlo y en tener el amor propio suficiente para no autocompadecernos. Y aún más. Consiste en observar alrededor y ver que a veces todo es diferente, raro incluso, pero es así y punto. Y al menos es. Existe. Sucede. Y es preciso asimilarlo y darle vida. 
  
   Para mí, sentarme a la mesa en Navidad ha tenido todos los colores del mundo. He padecido insomnio por la ilusión y los preparativos previos. He puesto en marcha logísticas de cenas, regalos,... para dos decenas de personas. Me entregado en cuerpo y alma a árboles, belenes artesanos, regalos para todos, juegos sorpresa, cenas sofisticadas,... He apretado los dientes con una fuerza que nadie se imagina. Me he hinchado a llorar para después lavarme la cara, maquillarme y presentarme ante el resto. He mirado a mi alrededor y me he sentido extraña. Aprendí a sentarme a la mesa sin uno de los dos pilares fundamentales, sin mi padre. Nunca más. Aprendí a tomar el relevo y hasta a tratar de coger las riendas en algunos momentos en estrecha cooperación con mi madre. Aprendí a estar junto a alguien para quien las navidades eran como describía al principio de este texto, ausentes de ilusión y recordatorio de lo que no va bien. Aprendí a sentirme sola, tremendamente sola en cuanto a proyecto personal se refiere. Aprendí a apretar los puños y a compartir los días con los míos, aun cuando me sentía en la más profunda oscuridad. Y, ¿hoy? Hoy tampoco son mis navidades idílicas, sinceramente. En algunos aspectos apretaré dientes de nuevo y sentiré por dentro ciertos desvelos importantes, pero haré un poder. Porque el cuadro es el que es y quizás no me he fijado bien en todos sus matices. Podrán no ser, pues, mis idílicas fiestas, tal y como puede haber imaginado hace tiempo. Pero no voy a dar razones, ni porqués. Sería obsceno por mi parte, y un desprecio hacia las personas a las que quiero y que me quieren sinceramente. Y eso no tiene perdón alguno. Estoy con ellos y cualquiera de nosotros podríamos no estar nunca más. Estar a su lado me nutre, me alimenta el alma, luego no importa nada más. Y por otro lado, cada día soporto menos el victimismo y el regodeo en desgracias que no lo son tanto. No solo lo rechazo para mí, sino que lo detesto en los demás. Aprieto dientes, sí. Del resto,... qué sabe nadie cómo atravieso año tras año el camino, hasta llegar aquí...

FELIZ NAVIDAD A TODOS


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