PEQUEÑOS ESBOZOS XIV: Sin esperas

      Un día me di cuenta de que la vida no espera. De que solía vivirla a base de arrancadas y frenadas, parando en distintas estaciones, observando el panorama y tratando de detener el tiempo. Cada parada significaba una espera. Una espera a algo o a alguien, sin certeza alguna de que fuese a llegar. No rezaba en ningún documento, ni lo marcaba ningún símbolo esotérico, pero esperaba. Y mientras tanto todo se detenía alrededor. Sin decisiones, sin planes, sin movimiento. Sin hacer demasiado ruido por si se despertaba el animal. Sin movernos demasiado por si a su supuesta llegada eso o ese no me ubicaba. Arrancar y frenar, arrancar y frenar. Y me di cuenta, sí. De que mientras yo creía que todos los elementos de mi mundo se paraban conmigo, estos seguían girando. Moviéndose. Avanzando.
     Un día me di cuenta de que la vida no espera. De que mi vida prosigue y la del resto también. Y decidí continuar la marcha. A mi ritmo. A mi gusto. Lo que hubiese de encontrarme por el camino lo encontraría. Lo quisiera yo o no. Y quien quisiera o hubiera de alcanzarme lo haría igualmente. Así pues, camino. 
Y...
      ... y no añado más porque no tengo idea de lo que ha de venir.
Ya me pillará (si es que yo me dejo pillar).







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