¡GULP!

   
Erick Oh

     ¡Gulp! ¿A quién no se le pone un nudo en la garganta? Que levante la mano aquel que se erija en portador absoluto de nervios acerados. No cuela, salvo en aquellos que vaciaron sus depósitos sanguíneos en alguna batalla de algún tiempo pasado. Así que, salvo esos, de esos no digo nada, a todos nos afecta esa atadura. Sí, sí. De nada sirve negarlo.
    Yo lo confieso, en efecto, se me anuda la voz más de mil veces. No sé si al mes o al año, ya he perdido la cuenta, pero así me sucede. Y a veces disimulo y sonrío. O toso falsamente. Pero ahí está. Nudo, lazo, lazada,... lo que sea. La cosa es que lo llaman nudo en la garganta, porque de alguna forma había que llamarlo, pero todos sabemos que es una metáfora muy metafórica, un símbolo muy simbólico y una hipérbole muy hiperbólica. Si se tratase de un nudo de esos de los de verdad verdadera, iríamos enrojeciendo, para después palidecer, poniéndonos más tarde de color azulado, y después violáceo, y así hasta ahogarnos definitivamente. Y eso, por fortuna, no ocurre de ese modo, aunque sintamos que nos falta el aire cuando tal cosa sucede. Sea como sea, nos entendemos todos al nombrarlo así, porque a todos se nos pone uno en más de dos y tres docenas de ocasiones. Aunque hay que decir que nudos en la garganta hay de muchos tipos. Buenos, malos y regulares. Enmarañados, desatables, corredizos, medios nudos y marineros. Con algunos se sufre un poquito y con otros terriblemente.
    Un nudo en la garganta puede ser un puñado de palabras no dichas, sazonadas con una pizca de temor unas veces, o con un poco de prudencia otras, eso ya al gusto. También puede ser una decisión por tomar, pendiente y estruendosa en la cabeza, bien envuelta en pereza, o bien en miedo. Un nudo en la garganta podría ser también algún bloqueo, de cuerpo, alma, corazón, obra u omisión; eso ya depende del sujeto anestesiado, adormecido él por exceso de vida o de equipaje, por cantidades industriales de puntos de sutura en las heridas, o por justamente el efecto contrario, el ser virgen y puro de experiencias con letra mayúscula. Y no hemos de olvidar el nudo en la garganta versión nerviosa ante un evento, paso al frente, incertidumbre, duda o veredicto. Este suele escoltarse por un constante movimiento de piernas o hacerse acompañar por algún tic nervioso que le aporte algún ritmo a su anquilosamiento. Y el nudo más bonito, ese que llega cuando vemos o sentimos algo realmente hermoso, precioso, cautivador, carismático. Ahí aparece a un tiempo adornado con unos ojos abiertos como platos y unos oídos atentos a casa palabra pronunciada, como si de la melodía más hermosa se tratase. Pero yo tengo uno que aborrezco y detesto, por eso lo he dejado para el final. Es el nudo cobarde. Su aspecto es deprimente, tétrico, feo y muy áspero. Su color, gris verdoso, casi que enmohecido. Y su olor, a habitación cerrada. Es el que menos me gusta, porque no solo su aspecto es desagradable, sino que es un aguafiestas profesional, porque se dedica a privar a todo aquel que se le mete entre ceja y ceja de los buenos momentos, de las emociones potentes y de la diversión. 
   Ya vemos que no es necesario escatimar en tipos de nudos. Abundan y varían en apariencia y causa. El surtido es notorio. Y tienen además la destreza de moverse. Así es. Un nudo en la garganta a veces deshace parte del camino y vuelve hasta los labios para dejarnos mudos. A punto estuvimos de deshacer la hebra pronunciando algún que otro sonido legible, pero no nos salió y en tal caso se sitúa aquel en la punta de la lengua, bloqueando la entrada y la salida de aire. Y otras veces en cambio, comienza a digerirse. Va avanzando y avanzando, a menudo con ayuda de unos sorbos de líquido elemento. Fríos como el sentimiento pretendido para pasar el trago y cristalinos como los pensamientos que creemos haber tomado. Pero al llegar a la boca del estómago se detiene de nuevo. Y se instala cómodamente, negándose a seguir hacia adelante, ni a volverse otra vez. Ahí se queda. Ni bocado, ni aire, ni palabra,... nada traspasa su barrera. Y origina además desazón, inquietud y agitación continua. Algo así como la de un sarpullido que no calma, o unas punzadas reiteradas.
   Así que, nudos en la garganta se nos ponen a todos. Y hay que saber llevarlos, aunque no sean fáciles. Y es que tarde o temprano acaban deshaciéndose. Bueno, más bien hay que hacer un poder por poder deshacerlos. Con terapia de choque, hallando soluciones, poniendo remedio, con olvidos forzados, con asunción de culpas, con perdones, con triunfos celebrados. Y otras veces con litros de agua, de esa un tanto salada, de esa que sabe a lágrimas, ¿quién sabe? Que tras la tempestad llega la calma, dicen. O quizá otra tormenta. Eso depende. De las almas, del cuerpo, pero muy especialmente, principalmente, fundamentalmente, del asunto en cuestión y de lo intenso que sea el portador del nudo. 
   Por lo tanto, estudiando el asunto, declaro que no me gustan los nudos. Son unos auténticos liantes y le hacen a una perder el punto, la puntada y hasta el hilo. Porque mientras te enfrascas en buscarle los extremos, pierdes de vista el meollo de la cuestión. Así que fuera nudos en gargantas calladas, digámonoslo todo. Que total de la totalina somos vasos comunicantes y comunicativos. ¿O no?





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