EL QUE ESPERA DESESPERA SIN RAZÓN

     A veces creo que nada ocurre por casualidad. Bueno, a veces no, casi siempre pienso eso. Podría decir incluso que estoy casi segura de que todo sucede por algo y para algo, incluyendo lo que se nos desmorona, fracasa, no sale, se tuerce y hasta nos destroza... Hay una razón. Pero aunque sepa esto, eso no me ha librado en mi vida del sentimiento de frustración o impaciencia por las cosas no logradas o cuya llegada parecía retrasarse. Nos decimos que la vida es una constante espera. Y sí. Y al tiempo no. Porque esperando lo.que sea que aguardemos, solemos muy erradamente privarnos de vivir. Y no sé si se trata de una actitud fruto de la sociedad en la que vivimos y del circo que hemos montado, pero incluso cuando es cierto que hay que darle tiempo a ciertos asuntos, el modo en el que lo hacemos no es correcto en absoluto. ¿Por qué? Muy sencillo. Esperar no supone quedarse parado al borde del camino, ni en pausa. Esperar significa, creo, saber que no es nuestro momento para vivir determinados acontecimientos, pero no por eso hemos de quedarnos sentados en una silla hasta que se dé ese supuesto. Es más, creo también, que resulta de imperiosa necesidad continuar dando vida a los días para, precisamente, precipitar y provocar que todo se mueva. Y así, de ese modo, con el devenir de los acontecimientos es como llegaremos a toparnos de bruces con lo tan esperado para que, ahora ya más vividos, saber si nos quedamos con ello o lo dejamos pasar. Tras una espera no somos los mismos. Tras una espera activa, quiero decir, ya que el cúmulo de sucesos experimentados y de emociones sentidas nos han cambiado. Con suerte, a mejor. 
   Hoy por hoy, a mi edad, creo que es este el principio más importante que he de interiorizar, sabedora como soy de que no es en absoluto sencillo. Es ahora cuando me lo planteo y ahora cuando necesito imperiosamente bebérmelo de un trago para entender, para crecer, para no ser infeliz y para no frustrarme. Es un denominador común ese sentido de la espera por lo que haya de llegar. En mi caso es un sentir muy marcado desde que era muy joven, porque por circunstancias muy concretas tuve que armarme de paciencia y esperar algo más que el resto. Esperar por estudios, por trabajo, por vida sentimental, por independencia, por vivienda, por estabilidad, por amor, por ser madre,... Y hubo mucho de eso que nunca llegó. ¿La causa? Lo enfoqué mal, porque paré, o al menos ralenticé, la maquinaria en dicha espera. Y con ello esperé también por cuestiones que debí haber descartado. Fueran como fueran los acontecimientos, las cosas salieron así y hoy me obligo a encajar lo que supone y lo que no el concepto de espera vital.
    Últimamente me rondaban estos pensamientos y como nada pasa por casualidad, como ya dije, acabo de leer de mano de una amiga y compañera de profesión el siguiente fragmento de la obra de Sándor Marai, La herencia de Eszter. Habla por sí solo.

En la vida nada llega a tiempo, la vida nunca te da nada cuando lo necesitas. Durante largos años nos duele ese caos, esa demora, pensamos que alguien está jugando con nosotros, sin embargo un día nos damos cuenta de que todo ha ocurrido determinado por un orden perfecto, encajado en un sistema maravilloso...








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