MALES DE AMORES

  "Algo está pasando", oigo -y digo- últimamente. Y lo oigo mucho. Y lo oigo con voces apagadas y ojillos no muy brillantes. Ubico: las relaciones sentimentales de los cuarentañeros -y algunos más- no acaban de salir del horno. No cuajan, no suben, no doran o se queman. Tal y como lo digo. Acabo de alcanzar, como quien dice, un momento en el que cuando estaba a punto de descorazonarme de forma inservible he parado en seco a  tratar de pensar con cordura. Cada mañana me pongo en marcha. Comienzo preguntándome cómo me encuentro, ¡como lo oís!, y en función de mis primeros pensamientos enciendo mi interruptor. Una vez en funcionamiento, miro a mi alrededor, me miro a mí misma, y no sé por donde empezar la ronda de preguntas para interesarme por mi gente. Para cualquiera que lea esto estoy centrándome en personas que no viven en pareja. La mayor parte de mi entorno actual, al menos ese al que hoy me refiero, estuvieron emparejados, casados, etc... y hoy atraviesan su segunda vuelta o intento de ella. No hablo pues de casos de biencasados o malcasados disimulantes. Eso, si queréis, lo dejo para otro día. Hablo de quienes, como yo, tratan de abrirse de nuevo camino en el boscoso mundo sentimental. Pues bien, yo no sé a qué se debe pero hay ocasiones en las que mire donde mire parece que todo el mundo se ha puesto de acuerdo para padecer mal de amores. Y no puede ser casualidad. No me lo creo. Porque hablo de un número nutrido de ejemplos muy diversos que me han hecho, más allá de la pena, pararme a pensar en qué sucede, en dónde está el problema, en qué hacemos mal. Siempre he huído de tirar balones fuera. Podré llegar a ser una máquina de discutir muchas veces, pero me remango rápidamente a la hora de asumir las culpas de lo que no funciona. Y de ahí mi pensamiento de que si no alcanzamos la plenitud es que algo estamos haciendo mal.

     ¿Qué veo alrededor? ¡Uff! Veo de todo, la verdad. Veo a quien siente pavor por estar solo. Veo parejas que no lo son de base, porque están faltos de auténtica conexión, entrega, generosidad,... Veo a quien pelea con uñas y dientes por defender su espacio individual, como si el otro fuese el enemigo a derribar. Veo a quien se entrega solo hasta un punto exacto y ahí, levantada la barrera, no hay forma de que traspase al otro lado. Veo a quien tiene auténtico terror porque le vuelvan a fallar. Y a quién se convence de que volverá a fallar y por ello rehuye enamorarse. Veo a quien busca patrones concretos como si de una catálogo se tratase. Veo  a quien quiere réplicas de lo vivido, aunque en el fondo no quiera repetir la misma vivencia. Veo a quien no se preocupó de aprender de sus historias anteriores y se lanza como un suicida a por la siguiente crónica de una muerte anunciada,... Podría seguir. Creo que podría seguir, sinceramente. Porque hay de todo, como en botica, pero lo que está claro es que estoy viendo a demasiadas personas infelices a mi alrededor y algo hay que hacer. Y podría no mencionarlo, pero me incluyo en ello. Sé que no es fácil volver a empezar, olvidar las heridas, sentirse lleno de nuevo. Pero lleno de verdad. Se que no nos entregamos a cualquier cosa. Se que nada nos convence ya. Sé que da vértigo y miedo, y que hay malentendidos, vicios adquiridos, orgullos,... etcétera, etcétera, etcétera. Que sí, que lo sé. ¡Cómo no voy a saberlo, si lo vivo en mi propia piel! Pero también creo tener la cordura como para saber que somos tontos de capirote porque tenemos una tendencia obsesivo-compulsiva a complicarnos la vida y en buscar el pero y la vuelta a todo. Y no voy a mirar a nadie, fijaos, voy a servirme de mí, y en un acto de contrición voy a decir que tengo la enorme capacidad de alcanzar a veces un punto de susceptibilidad hipersensible tal que donde pone A, juro que leo Z y con intenciones. Exactamente así. Puedo llegar a malinterpretar, a ver fantasmas donde no los hay, a percibir la doblez de las cosas, a sufrir antes de tiempo o sin motivos, que es aún peor. Y todo ello sé que se debe única y exclusivamente a que llego a convencerme de que algo o alguien que es francamente bueno no es para mí. Que no tendré esa suerte de que esté en mi vida. Que todo va a fallar. Que se va a estropear. Que al final todo se va al garete. Tal pensamiento la convierte a una en una buscadolores o sacaproblemas, algo así. Es como si te prepararas para lo peor. Te relajas, disfrutas y cuando algo se te hace desconocido o está fuera de tu control, algo dentro de ti te hace ponerte alerta o a la defensiva. 
   Sé que no soy la única que siente, piensa o teme así. Sé que es un sentir bastante generalizado. Y sé que hemos perdido el Norte y la esencia del asunto. Estoy hablando hoy del mal de amores. Estoy hablando de que perdamos la perspectiva de lo que queremos, buscamos, pretendemos,... Se trata de ser compañeros de vida. De quererse, gustarse, necesitarse, apoyarse, nutrirse, comprenderse,... Se trata de encontrar a quien te llena los días. Y no de complicarse la vida mutuamente, ni de herirse, ni de especular sobre el interior del otro. Se trata de quererse... sí. Y no sé por qué hemos de ensuciarlo siempre cuando lo único que importa, a mí al menos, son las personas y que lo que significamos mutuamente en nuestras vidas.

 "Algo está pasando", sí. Y francamente creo que deberíamos todos  formularnos algunas preguntas y obligarnos a algunas reflexiones. Por la cuenta que nos trae. Y como comienzo una que ya apenas me encuentro. Eliminar eso que decimos de "quiero un compañero de vida", y en su lugar decir "quiero a esa persona y, por tanto, quiero que sea mi compañero de vida". ¿Qué fácil lo planteo, verdad? Lo es. 



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