CUANDO EL COSMOS PONE CADA COSA EN SU SITIO

   ¿Sabéis que a pesar de mi peculiar racionalización emocional de los comportamientos humanos, creo muy profundamente en que hay un elemento mágico, invisible, esotérico e intangible sobre nuestras cabezas? ¡Que no, que no me he vuelto loca! Lo juro. Solo lo estrictamente necesario. Pero creo que hay un fuerte componente energético en todos nosotros que en numerosas ocasiones hace que la balanza de nuestra vida caiga sobre un lado o sobre el otro. Justificaré mi locura, pues.
   A estas alturas, en estos tiempos de psicoterapia, coaching, mindfulness, y otros derivados, vivimos rodeados de asideros a los que amarrarnos férreamente para no caernos fruto de nuestras propias tormentas. Y menos mal que lo hacemos. Los que lo hacemos, claro. Entrenamiento de mente y espíritu para fortalecernos en defensa de lo que nos pueda acontecer. No es nuevo. Es tan viejo como el hombre. Y podríamos acudir a cualquiera de las culturas milenarias, a los clásicos, a los momentos históricos en los que el hombre no tenía sorbido el seso por la religiosidad más oscura, para darnos cuenta de que el espíritu convivía en paz con la mente y actuaba en connivencia con esta. Pues bien, hoy día leemos y oímos hablar de la ley de la atracción, de los destinos marcados o rehechos, del poder de la mente para reconducirnos,... y he de decir que sostengo la creencia de que hay determinados momentos en la vida en la que se nos paraliza o se nos relanza para avanzar en nuestra andadura. Lo planteo en tercera persona, sí, "se nos paraliza". Y podréis preguntar, ¿quién? Los creyentes tienen a su Dios o a sus dioses para ello. Yo tengo a mi fuente: mi creencia en la acción y el poder de las mentes, de la luego hablaré. Así, defiendo que hay una serie de momentos en nuestra vida en la que parece que, tras una fuerte sacudida, todas las piezas se mueven para tomar nuevas y más correctas posiciones. No nos ocurre muchas veces, no. Tal vez cada siete o diez años. Pero sucede. Y de pronto, tras rachas escritas con un guión muy determinado, y no siempre positivo, todo parece recolocarse en su sitio. ¿Justicia humana?, ¿divina?, ¿la acción de algún ente poderoso? Tiene mucho de mágico y de misterioso; el Universo confabulándose para reubicarnos. ¿Quién lo mueve? Nosotros y nuestras propias cabezas. Con las meditaciones exactas, las purgas e interiorizaciones precisas y los tiempos adecuados, será nuestra mente la que recoloque el Cosmos y no a la inversa.
     Más allá de las leyendas urbanas que elevan la  cifra del porcentaje de la mente humana que podríamos llegar a explotar, sabemos que dentro de lo científicamente probado, el rendimiento que extraemos de ella es muy cambiante. Dichas oscilaciones varían por influencia de elementos externos e incluso internos. Capacidad de concentración, cansancio, limpieza emocional, autolimitaciones y temores internos,... Hay una larga lista de ellos. La cuestión es que cuando el viento sopla a favor podemos manejar nuestra mente a un mayor nivel de precisión y utilidad. El resultado suele ser una limpieza de ideas que de pronto tornan en limpias y cristalinas reflexiones, y que o bien se despojan de emociones que las desvirtúen, o bien responden a una hondísima lealtad a ellas. Ahí nos encontramos en un estado de fuerza mental suficiente como para proyectar al exterior la dirección que han de tomar nuestros acontecimientos. Evidentemente ese momento llega cuando hemos explusado todo lo que nos nubla y nos hemos grabado a fuego lo realmente útil. Aclarados, pues, provocamos unas cuantas sacudidas y hacemos que todo tome su justa posición.
    
 Así que sí, no me cabe duda de que la mente de todos nosotros -mientras que nos encontremos razonablemente sanos-, puede hacer que nos estanquemos o nos disparemos en cualquiera de los menesteres que hemos de enfrentar en nuestra vida. Pensamos, pensamos y pensamos sobre un asunto determinado. Y a raíz de ello, sentimos de ese modo concreto. Sin remisión. Esa unión de sentimiento y pensamiento determina, claro está, nuestros movimientos, reacciones, decisiones y acciones. Y el fruto de ello tenderá a la apertura, avance y positividad; o al bando contrario, cerrazón, estancaniento y negatividad. Y como las acciones de unos repercuten en otros, dado que nuestros comportamientos, pues, van en cadena con los del entorno, se genera al final una burbuja en la que vivimos durante un tiempo sin saber a veces cómo salir. Pues bien, la puerta de escape está en nosotros mismos y en regenerar nuestros pensamientos, necesidades y emociones. Nos hacemos conscientes de ellos, los calibramos y modificamos según requieran. Y de ahí, actuamos, para continuar produciendo un efecto en los demás. Si están en sintonía con nosotros se beneficiarán igualmente de dicho cambio. Si no, se descolgarán del efecto y continuarán en sus propias espirales. El mundo sigue girando, pero tal vez ahora sus elementos se encuentren mucho mejor ubicados para nosotros.



    

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