AUTOEXIGENCIA EXCESIVA (o cuando la psicología te estalla en la cara)

 PRELUDIO
 Tal vez no se aprecie, pero el artículo que hoy escribo es para mí, por su contenido, uno de los más íntimos y difíciles de cuanto he escrito. Vive en él uno de los componentes más complejos de mí misma, algo que marca mi día a día y que tiene casi tanta antigüedad como yo. Llegar a él significa para mí más de lo que cualquier lector pueda imaginar. Y escribirlo y publicarlo me ha mantenido dubitativa. Pero lo he hecho. Y sé que he hecho bien.


    Me han arrastrado hasta aquí tres ideas que me han estallado a un tiempo para converger en un punto del que aún no sé qué conclusión sacaré. Mucho me temo que habré de esperar a terminar lo que aquí escribo para que pensamiento y letra escrita se alcancen. Y lo necesito. Realmente lo necesito. Es este artículo, pues, producto de una absoluta disección interna, mía y solo mía, compartida -como siempre hago- por si es de utilidad. Tres ideas que se han encontrado por el camino. La primera surge a raíz de un artículo de psicología que da en el blanco de mis demonios y cuya lectura me ha hecho suspirar hondísimo. La segunda es ese dicho que suelo repetir de que nadie escarmienta en cabeza ajena. La tercera es consecuencia de las otras dos y es lo que yo llamo el síndrome del "te lo dije". Al tema.
   
    Enredando aquí y allá doy con un artículo que a medida que avanza me da en la cara con los que he llamado algunos de mis demonios. A medida que voy leyendo, todo va encajando perfectamente, y letra a letra voy viendo reflejada la mujer que soy hoy. De todo lo que de él rescato, comparto aquí la idea de que soy alguien que se juzga frecuente y duramente. No llego a flagelarme, pero si me examino constantemente y a veces hay un punto de castigo. Y en algunos aspectos soy tremendamente tacaña con la nota. Eso es una realidad que quien bien conoce se sabe al dedillo. Pues bien, descubro que tal tendencia viene del autorreproche y este de un sentimiento de impotencia y frustración al no haber podido cambiar ciertos acontecimientos de mi vida. Esas preguntas que todos nos hacemos a veces y que yo llevo décadas formulándome. ¿Podría haber hecho algo?, ¿podría haber cambiado las cosas?, ¿y si yo hubiera...? Esas preguntas, sí. Esas cuestiones que mal respondidas o nunca resueltas acaban desembocando en la idea de no haber estado a la altura y de no haber resuelto una situación. Eso a lo que también puedo llamar sentimiento de culpa. Y trae esto consigo de la mano una de las características que mejor me define y que es la antítesis de lo que acabo de plantear. Absolutamente tolerante con las debilidades ajenas. Y a veces hasta cuando no es justificado. Aunque les haya puesto verdes en un momento dado, aunque les diga que algo no está bien, la lealtad que profeso a esas personas la siento tan sumamente férrea y arraigada que voy a encajar, minimizar y recolocar tales debilidades. Y del mismo modo sus impulsos, sus cambios emocionales, sus idas y venidas vitales. Precisamente porque así me he sentido yo muchas veces y es algo que doy por hecho que todos -o casi todos- padecemos. Conciencia absoluta de lo humanos que somos. A eso mío, al parecer lo llaman lealtad patológica y quizás lo sea. Pero ya que la tengo conmigo, voy a sacarle partido y a convertir en positivo lo que procede de algo que supuestamente no lo es tanto.
     Todo lo que he expuesto hasta aquí me llevó directa a la segunda idea: nadie escarmienta en cabeza ajena. En efecto, todos hemos de tropezar con nuestras propias piedras, aun idénticas, y por más que yo sea la que arriba describo, alguien que ha experimentado ciertas situaciones vitales duras, difíciles y que han requerido de un trabajo mental arrasador, no puedo evitar que cada uno haga su propio camino. Y lo sé, aunque me muerda los labios cada vez que me veo en un trance de ese tipo. No está en mi mano, cada uno debe hacer su propio trayecto,...
    Y de ahí salté a la tercera. Eso que he bautizado como el síndrome del "te lo dije". Y es que tantas veces pronunciaríamos esa expresión y no lo hacemos porque no debemos. Y pensamos lo que planteaba en el punto dos, eso de que cada uno ha de tropezar por sí mismo. Y seguido me digo: "Pero María, ¿cómo no van a servir de nada tus conocimientos, tus experiencias, lo que ya has alcanzado, grande, mediano o pequeño?" Es inevitable que llegue hasta ese hito. Y creo que es entendible ahora que me deje los nervios y la piel en aquellas empresas que requieran de mí esa labor. Como ya podréis entender, trato de hacer algo para cambiar las cosas, de aportar lo que sé, de advertir del final de las novelas que ya leí, de evitar el dolor a quienes quiero. Porque de algo ha de servir mi experiencia. Porque no quiero volver a sentirme impotente, ni insuficiente para mejorar el panorama. Porque necesito darme la oportunidad de construir y de utilizar para algo bueno los dolores que arrastro. Porque si te quiero, ¿cómo voy a dejarte sufrir sin más? Infeliz tú, infeliz yo.

    Y aquí estoy. Habiendo averiguado mis porqués. Moviendo la cabeza arriba y abajo, y diciéndome que ahora lo entiendo todo. Poniéndolo por escrito para que no se me olvide ni uno de los matices que hoy he alcanzado. Masticando lo que seguramente es una de las reflexiones más importantes de toda mi vida y más decisivas para el conocimiento de mí misma. Compartiendo esto con el mundo, a pesar de lo mucho -y grave- que es y que significa para mí, pero precisamente por ser quien soy y como soy. El resultado de mis vivencias, de mi crecimiento, de mi infancia, adolescencia, juventud y madurez. Para bien y para mal. Y alguien que se dice desde muy niña que hay que ser muy tontos para no aprovechar mejor lo que nos podemos aportar entre nosotros.




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