CUENTO DE INVIERNO

    

    Vivían demasiado al Norte. El frío era tan sumamente espantoso allí que a partir de treinta grados bajo cero ya no miraban ni los termómetros. Aunque pensándolo bien, habría dado lo mismo, porque el mercurio se congela en esos extremos. Aquella gente calculaba a ojo la temperatura tan solo mirando alrededor. Y no solamente no miraban el tiempo, sino que habían dejado de mirarse entre sí. Caras serias, tremendamente serias. Abominablemente serias. O al menos lo parecían porque todo el que trataba de sonreír espontáneamente acababa sucumbiendo y veía frustrado su intento. El rictus de su cara se congelaba antes de lograrlo. También caras aburridas, soporíferamente aburridas. Terriblemente aburridas. Y es que hablar tampoco era una opción allí. Todo aquel que quería charlar un rato o incluso simplemente saludar sufría la espantosa sensación de notar cómo se le congelaban las palabras en la garganta, los labios y hasta la punta de la lengua. Así que serios y mudos. Todos. Siempre. Las relaciones de aquellas gentes se habían convertido en invisibles, hasta el punto de no saber ya cómo tratar entre sí. Habían olvidado cómo ser cordiales y amables, cómo expresarse y cómo escuchar. Cómo sentir. Cada uno iba a lo suyo, sin ganas, sin esperanza, sin motivación. Así hasta que llegó ella. Había tomado, creo, tres trenes, un par de autobuses y un taxi que la llevó hasta la misma puerta de su casa. Pagó, dejó propina y saltó desde la puerta del taxi hasta la del portalón de madera. Se coló dentro y de un portazo cerró a su espalda. Rápidamente y casi sin pensar. Estaba irreconocible, envuelta en un abrigo de pelo blanco que la tapaba hasta los pies, traía además las manos cubiertas por un grueso y suave manguito beige, y la cabeza por un gorro que la cubría hasta los ojos. Recorrió el trayecto completo sin dejar asomar sus manos, sin mostrar ni un centímetro de piel, sin mediar palabra y sin apenas mirar nadie. Habría de guardar calorías, si no quería convertirse en un habitante más de aquel lugar. Subió a pie los tres pisos que la separaban de su domicilio. Poco a poco y uno a uno recorrió los peldaños de madera de la escalera. Sin prisa, pero sin pausa. Se detuvo en el descansillo, llamó al timbre y esperó. La puerta se abrió y sutilmente se coló hasta adentro con el hábil movimiento de un gato. Él la siguió con cara de susto y sin saber quién era el extraño ser que se había colado hasta adentro, enfundado en aquellos enormes ropajes. Ella se detuvo en medio del salón y con un leve, pero decidido movimiento se despojó de sus prendas con un solo gesto. ¡Zas, al suelo! Y cayó su melena y pudo apreciarse su piel con el tono de rosado justo. Tibia. Sana. Reluciente. Sin darle tiempo para reaccionar se acercó a él y lo abrazó tan fuertemente que le traspasó su calor. Fue en un tiempo tan escaso que nadie habría sido capaz de medirlo con exactitud, pero casi instantáneamente él empezó a moverse con facilidad y soltura. Luego sonrió. Después emitió sus primeras palabras en mucho, mucho, pero mucho tiempo. Lo que dijo solo lo pudo oír ella, pero eso provocó que la piel de ambos se encendiera más y más. Aquel fue el invierno más cálido de sus vidas.






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