RELATOS ENCRIPTADOS: Todo bajo control

      
  
Rebecca Mock


      "Perdón, perdón, mil perdones", dijo al entrar. "Llego tarde. ¿Sabéis de esos días en los que parece que todo se pone en contra? Pues justo hoy. No oí el despertador y me levanté sobresaltada y con el tiempo justo. Después no me acordaba dónde había aparcado el coche. Habría jurado que estaba en otra calle y di mil vueltas hasta que di con él. Y para rematar, el depósito estaba en reserva, cosa de la que tampoco me acordaba, y tuve que parar en la gasolinera. En fin, ¡un desastre!" Los chicos echaron una carcajada, le quitaron importancia al retraso, ¡cómo no!, y ella comenzó su clase. A pesar de haber empezado el día con el pie izquierdo, el resto de las horas fueron como la seda. Todo se fue enderezando. Porque hoy tocaba una de esas jornadas cargaditas, con media docena de asuntos pendientes, además de lo cotidiano, pero dio para todo. Los tiempos y la sucesión de acontecimientos iban al milímetro, y aunque ella desfilaba pareciendo a veces que casi perdía el aire, todo terminaba encajando. Sonó el timbre a eso de las dos y veinticinco. ¡Finito! Cogió su botella de agua, bebió, respiró y les deseó buena tarde a todos. Vuelta a casa.
    Aprovechó el camino de regreso para hacer un par de llamadas con el manoslibres del coche. Entró en la ciudad e hizo memoria de las tareas que tenía para esa tarde. Bueno, más bien de las que quería hacer, porque al final se tiraría más a por aquellas que le apetecían. Quería escribir un rato, por supuesto. Pensó en la sensación que tenía últimamente en la cabeza y era en que al menos ahí, escribiendo, ella estaba al mando de todo. Lo tenía todo bajo control. Elegía lo que quería, los temas a tratar, las palabras justas, la disposición de las frases y la intencionalidad de sus textos. En su cabeza todo tenía el orden perfecto y podía desarrollar la intensidad de cada acción y de cada sensación en su peso justo. Y al mismo tiempo, nada estaba decidido, porque a medida que completaba líneas podía ir cambiando, matizando, eliminando o completando todo lo volcado en el papel. Ella en estado puro sin más censura, sin límites y sin problemas. Muy al contrario que la propia vida, pensaba, en la que ella se entregaba a sus propósitos a más porcentaje del requerido a veces, pero casi siempre terminaba viendo que las piezas se colocaban como les daba la gana. Y que hoy contaba con que tenían una posición y mañana habían tomado otra. "¿Cómo puede ser todo tan cambiante, tan inestable?", se preguntaba. Eso era algo que tenía asumido, eso es cierto, aunque a disgusto. En medio de estos pensamientos dio un par de vueltas y aparcó. Aprovechó a entrar a la tienda de enfrente a por un par de cosas: cápsulas de café, bizcochitos para desayunar y alguna otra nadería. 
    Esa tarde la pasó trabajando, en cosas de clase y en sus propias historias. Tenía exámenes por corregir y sin demasiado entusiasmo fue a por ellos. ¡Increíble! Se los había dejado en el Instituto. "¡Imposible!", se dijo. Estaba segura de que los había metido en uno de los compartimentos de su bolso, pero no estaban allí. E igualmente estaba segura de que su memoria no solía fallar, pero no. No estaban allí. "¡Nada!", pensó. "No está de ser que lo haga hoy. Alguien ha decidido que no es labor para que yo haga esta tarde. ¡A otra cosa, mariposa!". No le importó mucho tampoco y cambió el tercio. Pero sí se quedó pensando en el asunto. Y no en el hecho de un posible olvido o no, sino de nuevo en que parecía que estaba a disposición de decisiones ajenas. Nada que decir. Nada determinante, al menos. Nada que hacer. Lo que estuviese dispuesto iba a suceder igualmente y se mordía un poco su interior de pura impotencia. Ella, que solía darle a todo un barniz de lógico existencialismo, de natural causa y efecto, estaba perdiendo la seguridad en esa concepción de la vida, porque los hechos le estaban demostrando que de poco sirve planear o esperar tal o cual cosa. Al final los días se llenan de sorpresas de todo tipo. Se fue a dormir agotada esa noche. Pero tampoco durmió de un tirón, no señor. A eso de las cinco de la mañana se despertó. O algo la despertó, porque a pesar de sepulcral silencio de la casa y de la ciudad sentía como si la hubiesen agitado y zarandeado físicamente. Se despertó algo turbada, cansada. Fue al baño, volvió a la cama y recuperó el sueño hasta la hora en que sonara el despertador. Y sonó. Se compuso y salió de casa. Se fijó en una tienda que no había visto hasta esa mañana. ¡Qué bonita! Pasada cada día por ahí, pero había reparado en ella hasta entonces. ¿En qué tiempo la habrían montado? Eso solía ocurrirle bastante. Percibía cambios en el entorno cuando ya estaban ultimados y no se había fijado en desde cuándo o cómo se habían llevado a cabo. Una tienda aquí, un nuevo café allá, un nuevo mobiliario urbano. Ella siempre lo achacaba a que iba pendiente de sus cosas, pero la verdad es que creía que la ciudad se movía más rápido que ella y por su cuenta. 
     De camino, con las calles prácticamente vacías aún, compró como cada mañana un café para llevar y... ¡de nuevo no recordaba dónde estaba el coche! Le pasaba demasiado a menudo últimamente. Resignada, tras las dos vueltas de rigor a las manzanas colindantes dio con él y se puso rumbo al trabajo. Ese día se encontró con el tráfico bastante cargadito. Salir de la ciudad se puso en contra. Algún espabilado había dejado caer, literalmente, su furgoneta de reparto en medio de la calle y obstaculizaba el paso. Tal cual. A saber dónde estaría el mozo, porque daba la sensación de que había parado en seco en medio del carril y se había marchado a lo suyo dejando allí aquel regalito. Más adelante, ya en carretera, el ritmo volvió a ralentizarse. Había un carril en obras. Sin obreros. Sin maquinaria. Pero señalizado, inutilizado y desviado. Y vacío. Por lo que el tiempo de llegada al destino se dobló. Daba igual la previsión o lo temprano que se levantase, que algo se cruzaría de por medio para hacer de las suyas. "A merced del día, estamos todos a merced del transcurso de los días", pensó. 
    Esa tarde escribió sobre el tema. Sobre lo imprevisible e inesperado. Inevitablemente acudió a su ateísmo y a su modo particular de vivir la espiritualidad. ¿Habría algo en realidad que manejara el cotarro? Ella sabía muy bien que todos somos dueños de nuestros actos. Que dirigimos en gran parte nuestro propio destino. Y que cada acción que llevamos a cabo condiciona, para bien o para mal, las siguientes. Naturalmente que sabía todo eso. Pero nadie podía quitarle la sensación puntual de estar en manos de algo o de alguien. Enfrascada en sus textos, paró para prepararse un café. ¡Casi no quedaba! Y estaba segura de haber comprado el día anterior y de que tampoco había tomado tanto. Resopló, acabó lo que tenía entre manos y salió a la calle. 
     La gente estaba revuelta. Había demasiado gentío por todas partes. Acababan de inaugurar el alumbrado y la decoración navideñas y todo el mundo parecía haberse puesto de acuerdo para salir al mismo tiempo. Tenían todos caras de circular por circular. Hoy tocaba. Inexpresivos y algo robóticos. Y las aceras colapsadas. Y los semáforos inundados de coches y de motos. Era la misma sensación que se tiene cuando se entra en una casa tremendamente recargada. Llena de objetos inútiles que perfilan cada rincón, pero que hay que ir sorteando para no estropear el panorama. Y se agobió. Empezó a estar inquieta, a querer rebelarse contra todo. A necesitar escapar de todo aquello y en un arrebato así lo hizo. Fue hasta su coche, tomó camino y se dirigió al aeropuerto. Cuando quiso darse cuenta estaba subida a un avión con nada más que lo puesto. 
     Estaba loca. Un tanto loca. No era muy consciente de cómo había llegado allí, ni de cómo se había dejado llevar por un impulso así, pero se vio despegando y sobrevolando la ciudad, sin idea clara de qué haría después. Tampoco le importaba demasiado. Miró por la ventanilla para ver cómo todo se hacía cada vez más pequeño. Era bonito. Todo lleno de luces perfectamente alineadas. Y pequeños coches en fila moviéndose prácticamente al mismo ritmo. Y de pronto vio algo extraño. La ciudad no parecía tener horizonte. Era casi una foto fija, plana y rectangular. El mar que la bordeaba parecía acabar ahí, en la nada y en línea recta. Y bajo su superficie asomaban unos artilugios triangulares que simulaban servirle de soporte. Siguió observando, queriendo captar cada detalle inexplicable y percibió una sombra sobre la zona norte de la ciudad. Algo acababa de mover un edificio de sitio, sin alterar absolutamente nada del resto del entorno. Estaba impactada, pero sobre todo aterrada. Y tenía pocos segundos para entenderlo todo antes de que el avión se alejase y no pudiese ver más a esa distancia. Giró la cabeza y alzó la vista por la otra ventanilla. No pudo creer lo que allí vio. Unos ojos enormes de color castaño que ocupaban todo el hueco del cristal. Saltó en el sillón, entró en pánico y se desmayó.
    Un sonido molesto la despertó. Estaba en su cama, pero se sentía desconcertada y desorientada. Aún no había amanecido y tenía que ir a trabajar. ¡Tenía que ir a trabajar, por Dios! Estaba hecha un nudo en medio de una sensación desagradabilísima. ¡Qué pesadilla! Se puso en pie todavía en shock y de forma automática desayunó, se duchó, se arregló y salió de casa. Se le había quedado muy mal cuerpo con el sueño que había tenido, suele pasar así. Paró a comprar su café para llevar y empezó a pensar en los detalles del sueño minuciosamente. Y a intentar interpretarlos, como siempre. Alguna explicación tendría que tener y acabaría dando con aquello que ocupaba su subconsciente. Algún mensaje oculto, algo que le atormentaba,... Sin duda alguna la fuente de sus preocupaciones estaba allí mismo, en su cabeza. Y siguió caminando a su destino. Pero al llegar, su coche no estaba allí, donde lo había aparcado. Ni tampoco la tienda en la que había comprado café un par de días antes. Simplemente no estaban. En su lugar una tienda de juguetes, modelismo, maquetas y artilugios antiguos. Nueva, brillante y reluciente. 




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