AL DESPERTARSE ESA MAÑANA...

   Abrió los ojos a un tiempo, ambos a un lento y aún soporífero ritmo acompasado. Todavía veía borroso, porque cuando te vas haciendo mayor a la vista le cuesta acostumbrarse a la luz, a las figuras y a las sombras, después de haber pasado un largo tiempo en la oscuridad.
¿Cuánto? No podría decirlo. No había ningún reloj a mano y la última vez que tuvo la intención de ver la hora que era, fue una de esas en las que te dispones a hacer algo y terminas haciendo otra muy distinta, y sin llevar a cabo lo que pretendías. Sin hora, sin noción del tiempo, sin luz apenas y sin visión nítida. Los cerró de nuevo. 


  Decidió disponer los oídos bien atentos y escuchar delicadamente cada palabra, ruido, gemido, interjección o suspiro pronuciados. Pero no oía nada. Nada externo, quiero decir, a parte del sonido de su respiración y de sus propios latidos. Pero nada más. Tan solo el eco de la nada, un retumbar vacío de expresiones e impresiones. Sin tono, sin volumen, sin contenido y sin intención. Los cerró también. 


  Tendió la mano con decisión y firmeza para acariciar la calidez de esa piel envolvente que templa el ambiente con su sola presencia. Tendió la mano, sí, a izquierda y a derecha, pero se encontró con el tacto de las sábanas frías y la oquedad de un espacio inocupado. Sin temperatura y sin el sentir del roce. Tan solo el gesto de un cerrar de manos que percibe levemente como se evapora el aire entre los dedos.

  Aclaró su voz para pronunciar los primeros sonidos del día. Pero al mismo tiempo en que comenzaba a emitirlos, lanzó un suspiro interior y ahogó esas palabras. No iban a ser oídas, menos aún escuchadas, por lo que se las dijo para sí. Cuando una habla para sí misma no ha de pronunciar, vocalizar ni proyectar su voz. Basta con que lo piense. Y así lo hizo. Calló su voz exterior con un gesto sutil.



     Y en esas estábamos. En no ver, no oír, no tocar, no decir,... Se había perdido toda la gracia, todo el sentido despierto de las cosas, el dulce gusto por lo visto, lo escuchado, lo tocado y lo dicho. Porque para ella misma sí, naturalmente que se puede ver, oír, tocar y decir. Y no obstante, se debe. Siempre. Pero proyectarlo hacia afuera es el sumum y tiene además el encanto mágico y la misión de intensificar ese efecto. Así,... así no tenían chispa los sentidos. Y pensó.   "Me queda uno de con el que nadie cuenta", se dijo. La intuición, la percepción más allá de lo tangible, lo que se haya en el pensamiento más interno y en el sentir más íntimo.
Lo escondido en el inconsciente, en el subconsciente y en el consciente no revelado a otros. Lo casi sabido, pero no reconocido. Lo comprendido a medias de uno mismo y del resto. Lo que tira de uno hacia la superficie. Quedaba eso. Así que se dispuso a regocigarse en ello. Intuición y pensamiento oculto. Y los llevó a bailar. Comprender y entenderse. La piedra angular de toda existencia. Y bailaron. Una hora, dos, tres, cuatro,... sin perder el ritmo ni por un solo instante. Maquinaria perfecta inagotable al compás de un sonido profundo y denso. Al despertarse esa mañana. 




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